25.10.2018 / OPINIÓN

Nota mental: no subestimar a un “outsider”

Cuáles son los factores que facilitaron la llegada de un personaje de extrema derecha como Bolsonaro al gobierno y qué relación tiene con el proceso de deterioro de la democracia brasileña.

por María Constanza Costa



En abril de 2016 el mundo miraba atónito el espectáculo que se llevaba a cabo en la Cámara de Diputados de Brasil. Los representantes del pueblo que debían decidir sobre la destitución de la presidenta Dilma Rousseff hicieron uso de la palabra como si se tratara de un programa de entretenimientos del prime time. Los diputados aprovecharon su “momento de fama” para saludar a sus familias, y basar su voto en motivos personales más que políticos.

De todas las intervenciones hubo una que no pasó desapercibida, el diputado más votado del estado de Río de Janeiro le dedicó su voto al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el torturador de Rousseff. Esa noche entre el desprecio y la subestimación muchos hombres y muchas mujeres de buena fe pensaron que Jair Bolsonaro era un “outsider” desubicado en este tiempo histórico. Un nostálgico de la dictadura, de esos personajes para los cuales las democracias de América Latina ya no tienen cabida salvo de manera marginal. La equivocación no pudo ser más grande.

Hoy, dos años después, Brasil camina hacia un abismo que puede arrastrar a toda la región. Si se confirman los datos que los sondeos vienen vaticinando Bolsonaro se transformará en el próximo presidente del gigante suramericano y con él vuelve al poder un sector de las fuerzas armadas.

¿Cómo se llegó hasta este punto? Los factores son variados y complejos. Pero si hay algo que es innegable es que la llegada de un personaje como Bolsonaro al gobierno guarda estrecha relación con el proceso de deterioro de la democracia brasileña que comenzó con la destitución de Rousseff y tuvo como corolario el encarcelamiento del expresidente Lula Da Silva.

El escándalo del “Lava Jato” no sólo desgastó al partido de los trabajadores (PT), sino que hizo implosionar a todo el arco político. El partido de la socialdemocracia brasileña (PSDB) que ocupó la presidencia de Brasil por dos mandatos consecutivos (1994-2002) hizo la peor elección de su historia, apenas alcanzó el 5% para las presidenciales. Su histórico electorado hastiado por los casos de corrupción y ávido de un cambio no tardó en abrazar al excoronel y sus promesas de regeneración del sistema político.

Hace casi tres décadas que Bolsonaro pertenece al sistema que se dedica a defenestrar, a pesar de ello, ha logrado interpelar a los brasileños invitándolos a refundar la sociedad sobre la base de valores morales presentándose como un “paladín” de la ética. Aún con un discurso homofóbico, racista, misógino y un ataque incesante a la lucha de las mujeres y las minorías sexuales, con el argumento de combatir lo que denomina “ideología de género”, consiguió captar el apoyo de los brasileños, muchos de los cuales hubieran estado dispuestos a apoyar a Lula si éste hubiera podido presentarse a los comicios.

Parte de su electorado cuestiona la veracidad de sus declaraciones como una forma de poder reafirmar sus propias convicciones. Pero lo que suscita confianza son las promesas de restitución del orden. El discurso de la “mano dura” resulta muy atractivo en un país donde en 2017 se registraron 63.380 homicidios, un promedio de 175 muertes diarias. Estas elecciones se desarrollan en un escenario donde la crisis no sólo es política sino también económica. Brasil mantiene un 12,6% de desempleo y un crecimiento del empleo informal. Aunque este año la economía empezó a crecer tímidamente arrastra dos años de recesión 2015-2017 que la han golpeado.

Los apoyos fueron claves y estuvieron sostenidos por el establishment de las tres B: Biblia, Buey y Balas. Los primeros representan a los sectores evangélicos, los segundos a los ganaderos y terratenientes. A éstos se suman los sectores armamentistas, promotores de la idea de que la masiva portación de armas entre los brasileños será la mejor solución para los problemas de inseguridad.

Bolsonaro no es precisamente un niño mimado de los grandes medios de comunicación, pero esta falta de apoyo fue de alguna manera reemplazada por una herramienta que obliga a pensar los términos de la comunicación política a nivel global: las Fakes News. La comunidad internacional ya había tenido una muestra de este poder en las elecciones de Estados Unidos que llevaron a la presidencia al magnate Donald Trump. La existencia de un “kit gay” para niños de seis años que Haddad habría promovido cuando era Ministro de Educación, la afiliación al PT del atacante de Bolsonaro y la defensa de Haddad del comunismo y el incesto en uno de sus libros, son solo algunas de las noticias falsas difundidas con el objetivo de reforzar creencias y valores en una población que ya cuenta con determinados prejuicios sobre un tema.

El discurso de odio destruye uno de los principales pilares de la democracia que es la contraposición de ideas y el debate. En la campaña para la segunda vuelta el excoronel dio sobradas muestras de que no va a moderar su postura. Reafirmó su lucha “anticomunista”, utilizando expresiones como “Los ‘rojos’ marginales serán prohibidos en nuestra patria” y que se llevará a cabo “Una limpieza nunca vista en la historia de Brasil”. La violencia política que comenzó a crecer durante el gobierno de Temer, cuyo episodio más trágico fue el asesinato de la concejala Marielle Franco, amenaza con convertirse en una epidemia. Luego de las elecciones se multiplicaron los casos de simpatizantes de Bolsonaro que se sienten avalados para atacar a homosexuales, favelados y partidarios del PT.

Aún con Lula proscripto el PT hizo una buena elección. Logró retener 30% del electorado y mantenerse como primera fuerza en la Cámara de Diputados. De cara a la segunda vuelta ese porcentaje viene creciendo, pero parece que no será suficiente para llegar a la presidencia. Pero sigue sin encontrar una cura para la “enfermedad” que ya fue diagnosticada en 2013, luego de las manifestaciones de junio.

Como muchas de las fuerzas progresistas en la región el PT se enfrenta a la imposibilidad de volver a enamorar a los sectores medios de la sociedad y a una gran masa de jóvenes que no lo ven como la representación de una nueva política sino como una pieza responsable del deterioro de un sistema democrático malherido. La recomposición de este lazo con la sociedad en el contexto oscuro que se avecina puede ser aún más difícil. No subestimar a los posibles adversarios sigue siendo un mantra que hay que internalizar en América Latina.



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