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Eliseo Verón, reconocido semiólogo argentino, distingue tajantemente el espacio de lo político del de los medios de comunicación. El primero, nos dice, es el campo en el que se configuran identidades colectivas, de largo plazo. La esfera mediática, por su parte, se rige por la lógica del consumo, siguiendo patrones utilitaristas y cortoplacistas. Ahora bien, desde mediados de los `90, asistimos a un proceso muy peculiar: decadencia de los grandes agregadores de intereses y sus identidades colectivas- es decir, caída de los partidos políticos y de la política tal como se la venía concibiendo- y auge del espacio mediático como constituyente de identidades efímeras, fugaces, de corto plazo.
En este marco, la política comienza a ser atravesada por la estrategia de los medios de comunicación; se unidimensionaliza la problemática de la praxis política, que ahora pasa a ser subsumida al imperio del marketing, del “producto final”. No es que desaparezcan los partidos políticos, los afiliados, las unidades básicas, etc., sino que la centralidad de la política, aquel ámbito que otorga legitimidad, es ahora el set de televisión. Se readecua el espacio específico de lo político; de la plaza y la calle, al estudio de televisión; de lo público a lo privado. Este proceso, hegemonizado por la lábil Opinión Pública, es el de la mediatización de la política. ¿A qué viene a colación esta disquisición? El liderazgo del vicepresidente de la Nación Cleto Cobos es, quizá, la cifra perfecta de esta tensa relación entre medios y política. Su estela se proyectó, de manera cinematográfica, en la noche del voto “no positivo” y permitió disparar su tan ansiada “imagen positiva” en las encuestas. Desde entonces, Cobos ha construido su candidatura presidencial en base a gestos e imposturas mediáticas. El llamado público a una suerte de Pacto de la Moncloa (impracticable desde donde se lo mire) o la reunión con referentes opositores para rechazar la ley de Medios dan cuenta de esto. Todas señales grandilocuentes que buscan, en última instancia, consolidar su propia imagen, por más difusa que ésta sea. ¿Alguien sabe qué visión tiene Cobos del rol del Estado y del mercado? ¿o qué modelo económico defiende? Poco importa eso, en tanto y en cuanto sea un candidato que “mida bien” en los sondeos. La política devenida espectáculo.
En este sentido, casi como queriendo cerrar el círculo, no resulta extraño que Cobos, un deudo de los medios de comunicación, sea la principal espada del Grupo Clarín contra la ley de Radiodifusión. Al haberse quedado sin nafta otra vez antes de llegar a la meta la Gran Esperanza Blanca (Carlos Reutemann), el Vicepresidente aparece hoy como el garante de los intereses empresarios que están siendo puestos en entredicho por la ley que está a punto de parir.
Claro que la posición institucional de Cobos, así como exhibe inocultables privilegios, también presenta límites concretos. Por un lado, le permite mantener un alto perfil sin costos inmediatos; no está, digamos, al frente de una Gobernación, por lo que es completamente autónomo de los recursos del Ejecutivo. Por el otro, al ocupar la vicepresidencia de la Nación, su discurso republicano e institucionalista lo deja un tanto expuesto ante la abierta oposición que ejerce desde semejante puesto de poder (oficial). Sin ir más lejos, por el viaje de la Presidenta a la Asamblea de Naciones Unidas, Julio Cobos ocupa hoy la titularidad del poder Ejecutivo. Esta tensión oficialismo/oposición lo obligará, más temprano que tarde, a dar un paso al costado (sobre todo pensando en las presidenciales de 2011).
Hacia el interior del radicalismo, el derrotero de Cobos ha movido fuertemente el avispero. El centenario partido no ha encontrado, desde el ocaso del liderazgo alfonsinista, un referente que lo sucediera con éxito. Los boina blanca fueron, en gran medida, quienes pagaron los platos rotos por la crisis política de 2001: parece ya lejano, pero en las elecciones presidenciales de 2003 Leopoldo Moreau obtuvo el 2% y en las de 2007, el radicalismo se encolumnó detrás de un peronista, Roberto Lavagna. En este contexto, para los principales dirigentes del partido de Alem, hay poco margen de maniobra: el indiscutido liderazgo de Cleto Cobos, ex expulsado del partido de por vida, significa, de manera inesperada, tener posibilidades concretas de disputar por el poder en 2011. Romper con el Vicepresidente para ir con Carrió es un salto al vacío que nadie pretende dar. De todos modos, el frente panradical está más cerca de romperse que de doblarse: las diferencias entre los Socialistas, la Coalición Cívica y los propios radicales impiden hoy consensuar una mínima base de apoyo orgánico.
Con sus luces y sombras, Julio Cobos refleja fielmente el complejo vínculo entre política y medios de comunicación, en un tiempo en que lo que abundan son los liderazgos personalistas y lo que escasean, los partidos estructurados asentados sobre bases programáticas. Esto no debería llamarnos la atención; en medio del imperio de las imágenes, asistimos a la mediatización de la política.
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