Escrito por Javier Cachés    Martes, 08 de Septiembre de 2009 14:32   
El pato cojo o la (re)invención del kirchnerismo
Luego de las elecciones legislativas del 28 de junio se expandió la idea de que la experiencia kirchnerista comenzaba a transitar, de manera inesperada y no menos abrupta, el farragoso sendero de su epilogo político. Camino que, se decía, iba a estar más plagado de espinas que de rosas. Había que propiciar una “transición ordenada”, afirmaba, solemnemente, Mauricio Macri, casi como si estuviera prefigurando el tan ansiado epitafio K.   
Los analistas políticos y la fauna mediática imaginaban, tal como lo indicaba la irrefutable experiencia histórica, un escenario con el oficialismo como “pato cojo” (hay que admitirlo, este comentarista no se encontraba ajeno a tal pronóstico). Con esta expresión se hace referencia a los gobiernos que pierden las elecciones de medio término, lo cual significa un cambio de color político en el Parlamento y una posterior instancia de bloqueo entre Ejecutivo y Legislativo. Gobierno dividido, digamos, para ceñirnos a la tecno-jerga politológica.

Lo que abunda en estos casos son administraciones que, al perder margen de maniobra, deciden consensuar con la oposición y los diferentes sectores de poder condiciones mínimas de gobernabilidad que le permitan concluir su mandato sin sobresaltos. Claro que esto ocurre en la teoría o, si se quiere, en países con una fuerte tradición de estabilidad institucional. La Argentina, bien lo sabemos, no se inscribe en esta clasificación: basta repasar sino el deslucido ocaso alfonsinista, con un establishment económico un tanto irritado y una oposición peronista siempre presta a las conspiraciones levantiscas, o el más reciente colapso del 2001, que se explica, parcialmente, por la pérdida de capital político de la Alianza en las elecciones legislativas de octubre. 

Pues bien, volvamos a la coyuntura. Aquel escenario del “pato cojo” que se proyectaba el  día posterior al 28-J hoy aparenta no ser tan evidente. Hay ciertas claves que nos impiden decretar el fin de la “pax kirchnerista”. Una, la gran capacidad del matrimonio presidencial para frenar una previsible diáspora del bloque legislativo del Frente para la Victoria en ambas cámaras. Otra, la pasividad  y dilación de la oposición para traducir el resultado electoral (el famoso 70% de votos que “los acompañó”) en acuerdos programáticos sustentables. En tercer lugar, si se quiere, esta atípica situación de un parlamento virtual/real (virtual, porque no expresa la actual correlación de fuerzas; real, porque representa en la práctica al poder Legislativo), que le ha permitido a los K disponer de un tiempo considerable para sancionar las leyes que considera indispensables para garantizar  la gobernabilidad (ejemplo evidente de esto es la prórroga de las facultades delegadas).

En este marco, la decisión del kirchnerismo de mandar al Congreso la ley de servicios audiovisuales es la prueba más elocuente de esta inversión de la idea del “pato cojo”. Lejos de adoptar una postura de quietud, de inmovilidad cansina y conciliadora, propia de los gobiernos desgastados tras largos años de gestión, el oficialismo ha confirmado que irá por todo, a quemar las naves, a matar o a morir. Este escenario evoca la imagen de dos autos que corren a máxima velocidad, dispuestos a chocar entre sí, a menos que uno de los dos desacelere o doble el volante y pierda la apuesta (conocido en la Teoría de los juegos de la Acción Racional como el Chicken Game o Juego del Gallina). En este tipo de juegos, quien luce más convencido y temerario termina ganando la partida. Kirchner ha acelerado el auto (siguiendo con la metáfora del juego) enviando el proyecto de ley al Congreso; nada llevaría a pensar que el Grupo Clarín doblará el volante permitiendo aprobar la ley cortesmente. Este juego aún está abierto, pero el final promete dejar varios heridos en el camino.

En medio de  avances y retrocesos, de marchas y contramarchas de la oposición, el kirchnerismo parece estar (re)inventándose a sí mismo, siempre demarcando a un antagonista como eje constitutivo de su propia identidad. Como sea, el “pato cojo” ha retomado la iniciativa política, y ése es un dato que no debe pasar inadvertido. 

 
Autor de la nota: Javier Cachés

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