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| La gobernabilidad en tiempos de cólera |
![]() Halcones y palomas, duros y moderados, elija la opción que más le convenza. Las elecciones legislativas de junio han terminado de configurar un contexto político en el que esta clasificación casi primaria se ciñe a la perfección para describir a los actores emergentes en el nuevo escenario. En la órbita oficialista, el grupo de los duros estaría compuesto por aquellos funcionarios/políticos que sostienen que hay que mantenerse impertérritos, inconmovibles ante el mensaje de las urnas, y que conciben cualquier cambio del modelo K como una claudicación y una expresión de debilidad. Ortodoxia kirchnerista, le dicen. El paradigma de este sector es el secretario de Comercio Guillermo Moreno, personaje demonizado hasta el hartazgo por los gramática mediática. Por su parte, el contingente de moderados dentro del Gobierno plantea que, dada la actual relación de fuerzas, continuar ejerciendo el poder del mismo modo en que se lo ha venido haciendo en el sexenio anterior es la confirmación más elocuente de que la experiencia kirchnerista se encamina hacia el abismo. Para este grupo es no sólo necesario sino inclusive deseable traducir el sentido del voto del 28-J en cambios institucionales concretos. De lo que se trata es, en definitiva, de recomponer un bloque de gobierno acorde al nuevo mapa político. La oposición también podría ser encuadrada a partir de esta distinción. Durante el período pre-electoral, los candidatos no oficialistas se limitaron a pronunciar reivindicaciones vagas sobre la República, el consenso y el diálogo. Con la sorpresa del triunfo en las legislativas (porque, en rigor, la contundencia del resultado fue inesperada para propios y ajenos), la oposición se vio obligada a resignificar su discurso y a realinear sus acciones. Desde aquí se conjetura que la diferenciación duros/moderados en el espectro opositor viene determinada por dos variables: a- las posibilidades concretas de cada fuerza de ocupar la cima del Ejecutivo nacional en 2011 y b- el cargo público que se detente. De este modo, observamos que la oposición moderada está compuesta por quienes tienen altas expectativas de llegar a la Casa Rosada dentro de dos años -el radicalismo y el peronismo disidente, principalmente- y por quienes están a cargo de los gobiernos provinciales. Esta actitud frente al oficialismo no se explica por una cierta afinidad hacia el kirchnerismo, sino porque cualquier desenlace estilo 2001 compromete sus propias posibilidades de cara a las presidenciales- en el caso del cobismo sobre todo- y porque la dependencia fiscal del Gobierno nacional a pesar de su debilidad política es aún un dato insoslayable- en el caso de los gobernadores. De forma inversa, la oposición dura está integrada por aquellos líderes que tienen pocas expectativas de ser gobierno en 2011 y que al mismo tiempo no son gobernadores- y por lo tanto no deben negociar recursos fiscales con el gobierno Nacional. Este sector se caracteriza por poner en duda la legitimidad del mandato de la Presidenta (Carrió), por delinear parámetros programáticos un tanto sugestivos -el Estado como “depredador insaciable”- (Biolcati) o por encolumnarse detrás del poder agromediático (De Narváez). En última instancia, la línea divisoria que prefigura a la oposición se traza a partir su preocupación (o no) por la gobernabilidad (entendiendo por este término un tanto ambiguo y polisémico la capacidad del gobierno Nacional de sortear eventuales escenarios de crisis, evitando de este modo situaciones de inestabilidad política). En tiempos de inusual irritabilidad y desenfado como el actual, para la oposición moderada- por los intereses antes mencionados- la estabilidad institucional del Gobierno nacional será un valor a defender; para la oposición dura, por su parte, la gobernabilidad implicará simplemente un dato irrisorio y anecdótico. 26 de Agosto de 2009 |
